Gótica era la abuela: la escena en oferta, edición imitada

Cuando el espíritu se vende por likes

    Hubo un tiempo en que ser gótico era un acto de insubordinación, no una "inspiración" para decorar pasteles de XV años o elegir el "outfit del día" en TikTok. Hubo un tiempo en el que ser gótico era una herejía estilística, un acto de rebeldía estética y emocional. No se trataba de verse "cool", sino de habitar la melancolía, de encontrar belleza en lo roto, lo sombrío, en lo eterno. Hoy, esa esencia está en oferta... y ni siquiera es temporada. Ahora, cualquiera con una blusa de encaje y un filtro sepia cree haber descendido a los abismos existenciales. 

Spoiler: no basta con pintarse las uñas negras para entender a Sisters of Mercy, no basta con sombras oscuras en los párpados si nunca te estremeció un acorde de Marian en la madrugada. No hay tutorial para la melancolía. Solo se aprende viviendo con el corazón en penumbra.

    La estética gótica fue secuestrada, desmembrada y revendida al mejor postor con luces LED moradas. Hay fiestas "dark" con reguetón de fondo, y supuestos tributos a la escena donde nadie sabe quién fue Siouxie Sioux. ¿Reivindicación cultural? Absoluta y definitivamente no. Es cosplay con presupuesto. Ahora lo gótico cabe en un hashtag, uno más entre bailes virales, filtros de moda y playlists de Spotify con títulos como "Dark Vibes para Estudiar". Un producto más que se desliza, se olvida y jamás se comprende. Es una fiesta temática y máquina de humo, es un pastel negro con mariposas púrpura para una quinceañera que se describe "dark" porque vio *Wednesday*. Es una pose en el espejo con ojos delineados y una descripción que dice "vibes oscuras", como si eso bastara para entender el peso de un acorde post-punk o el vértigo de leer a Rimbaud en una madrugada silenciosa.

    Insisto (como he hecho por más de dieciséis años) en que el problema no es la llegada de gente nueva. El problema es que muchos no vienen a compartir la oscuridad, sino a tomarse selfies con ella. Y en su afán de monetizarlo todo, el mainstream convirtió la esencia en mercancía... y la vendió con descuento. Nos robaron los símbolos, los diluyeron en agua de rosas, lo empaquetaron con glitter y lo vendieron como una "estética alternativa". Pero no se trata de maquillajes y disfraces: esto era (para algunos aún lo es) una forma de ver y sufrir el mundo, de crear belleza desde las grietas. El mainstream no absorbió la escena: la vació. La redujo a un estilo más en el algoritmo. Y lo triste no es que nos vuelvan decorado, sino que muchos ni siquiera sepan que antes de los filtros hubo poesía maldita, que antes de los "fit checks" hubo cementerios, fanzines, vinilos y noches enteras hablando sobre el sentido de la existencia bajo luces neón y humo de clavo.

    Pero aún quedamos algunos. Los que seguimos hurgando en librerías polvorientas, los que sentimos algo al oír un bajo oscuro y letras que duelen. Sin que la presencia sea tan solo superficial y banal, sino porque esto nos salva, nos representa, nos pertenece, entre el ruido digital todavía hay ecos verdaderos: un riff olvidado, en una línea de Baudelaire subrayada con rabia, en una pista de baile subterránea donde el dolor aún se baila con dignidad.

    Que no te vendan la nostalgia en caja. Lo gótico sigue vivo, pero hay que saber buscar entre las ruinas. No somos nostalgia. No nos vendemos por likes. Somos resistencia vestida de negro; porque en esta era, lo importante no es lo que sientes: es cuántos corazones te dan por aparentarlo.



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