Gothabilly en México: ¿Hay relación con los pachucos?
Un invitado especial nos comparte la historia.
Sí, la idea parece para algunos un tanto conspiranoica porque, ¿Qué podrían tener que ver los pachucos de los años 30 y 40 con el gothabilly que hoy escuchamos en los foros y subterráneos de la Ciudad de México?
A primera vista, probablemente nada.
Pero para entenderlo mejor tenemos que regresar al pasado.
A los años 30 y 40. A las zonas fronterizas. A los jóvenes mexicano-americanos que crecieron en un territorio donde no eran considerados suficientemente mexicanos para México, ni suficientemente americanos para Estados Unidos, si lo vemos desde una perspectiva social eran una fractura que se encontraba habitando una grieta cultural, grieta que apareció una de las expresiones juveniles más poderosas de la época: el pachuco.
No vamos a afirmar que ahí nació literalmente el gothabilly, ni que existe una línea directa y documentada que vaya del zoot suit al contrabajo de The Cramps.
Pero se trata de una historia que es mucho más interesante que eso porque el parentesco no es meramente musical, es un parentesco estético, cultural y espiritual. Vamos a revisarlo por partes.
¿Por qué Nación Gótica considera la figura del Pachuco como la figura del primer monstruo elegante?
Siendo enteramente objetivos, el pachuco no se vestía para verse bonito sino para verse peligroso y elegante al mismo tiempo.
El tacuche es ese zoot suit enorme, con hombros exagerados, saco largo, pantalón bombacho y cadena colgando no era más que una declaración, una forma de ocupar espacio y una manera de decir:
“Estoy aquí.”
Una figura que se encontraba en medio de una sociedad que esperaba que el joven mexicano-americano se adaptara, desapareciera o fuera silencioso, entonces el pachuco hacía exactamente lo contrario porque se volvía imposible de ignorar con el traje exagerado que era una armadura, con su peinado que era una corona, la distintiva cadena que era sin duda un desafío y el lenguaje era otro territorio de resistencia.
Echemos un vistazo a esos jóvenes:
El rostro: la cara empolvada, el bigotito delineado y una presentación cuidadosamente teatral.
El peinado: la onda, el ducktail, la vaselina, el cabello alto e imponente.
La actitud: el caló, la pachucada, una manera de hablar que podía funcionar como código frente al mundo exterior.
La imagen: la mezcla de elegancia, peligro, humor y teatralidad.
La muerte: la calavera, el traje oscuro, el gusto por lo teatral y por convertir la amenaza en personaje.
El pináculo, el gran angular, el pachuco entendió algo que después sería fundamental para muchas subculturas juveniles: la ropa también puede ser política, sin necesidad de escribir un manifiesto. Bastaba con salir vestido así.
Por eso, desde nuestra lectura contemporánea, podemos ver al pachuco como una especie de monstruo elegante del barrio: alguien que convierte aquello que la sociedad considera excesivo, extraño o amenazante en motivo de orgullo.
En Nación Gótica lo vemos como una especie de Nosferatu fronterizo pero no porque fuera literalmente gótico, sino porque entendió antes que muchos otros que la diferencia puede convertirse en espectáculo.
Ahora bien, de la frontera al rockabilly no existe una sola línea, es aquí que empieza la parte complicada.
¿Qué ocurrió cuando aquellas culturas juveniles se encontraron con el nuevo sonido que estaba naciendo en Estados Unidos durante los años 50?
El rockabilly.
La historia tradicional suele contarse de manera sencilla: Memphis, Sun Records, Elvis Presley, Carl Perkins, Johnny Cash, Jerry Lee Lewis. Pero el nacimiento del rockabilly fue mucho más complejo porque sus raíces atravesaban el country, el blues, el rhythm & blues y distintas comunidades juveniles del sur y la frontera, por lo que no sería correcto decir que "el rockabilly nació del pachuco”, pero sí podemos observar un diálogo estético
El cabello engrasado.
El pompadour.
Las cadenas.
Los zapatos llamativos.
Los trajes.
La teatralidad masculina.
La fascinación por la velocidad, el peligro, la noche y la rebeldía.
El pachuco, el greaser y el rockabilly no son exactamente la misma criatura, pero indudablemente comparten la construcción deliberada de una identidad a través de la apariencia, convirtiendo el cuerpo en uniforme y esto mismo, en declaración.
De ahí podemos avanzar hacia otra mutación.
Rockabilly + punk + horror = psychobilly.
Y posteriormente, en distintos momentos y escenas, el rockabilly comenzó a dialogar con la estética gótica: maquillaje pálido, negro, cementerios, vampiros, monstruos, fetichismo, horror de serie B.
Ahí aparece el territorio del gothabilly.
The Cramps son fundamentales para entender esa zona de encuentro, pero aquí aparece nuestra primera paradoja, porque el gothabilly no nació en México. Y, sin embargo, cuando llegó a México encontró un terreno cultural extrañamente familiar.
Es entonces que el gothabilly llega a México y encuentra un fantasma conocido.
¿Por qué una estética nacida de cruces musicales y culturales estadounidenses puede sentirse tan natural en México? Porque México ya tenía sus propios monstruos, porque ya teníamos calaveras, catrinas, pachucos, ya teníamos a Tin Tan, luchadores, carpas, películas de vampiros, ya teníamos al Santo enfrentándose a monstruos, científicos locos, momias y criaturas de la noche; una cultura popular donde la muerte podía sentarse tranquilamente a la mesa.
La muerte en México no siempre es una figura que debe permanecer escondida, porque a veces se le pinta la cara, se le pone un vestido, se le hace bailar, se le convierte en chiste y, a veces se le lleva a una pista de baile.
Por eso, cuando el gothabilly aparece en México, llega a un país que ya tiene un lenguaje visual para traducirlo.
Cuando vemos a proyectos de la escena dark-psychobilly y gothabilly chilanga, como Los Siniestros, Gato Sin Cabeza o Las Fascinadoras, la estética no tiene por qué interpretarse únicamente como una copia de una moda extranjera, porque puede tornarse también una apropiación, traducción, mutación...
El resultado ya no es exactamente estadounidense, es chilango, es mexicano,fronterizo...
Y, como todas las subculturas que cruzan fronteras, cambia al llegar.
Luego tenemos la pista de baile como cementerio: una transición el mambo al horror punk
El cuerpo del pachuco nunca fue pasivo, la pista de baile era su trinchera en la que el mambo y el danzón no se bailaban únicamente por ocio. Había precisión, teatralidad, velocidad y una enorme conciencia de la presencia corporal, entonces bailar también era una forma de presentarse ante los demás.
Y cuando la escena gothabilly y psychobilly retoma esa herencia en los subterráneos urbanos de la Ciudad de México, el baile no pierde su elegancia, únicamente cambia de frecuencia sonora, ¿Como? El slap del contrabajo sustituye a las grandes orquestas de mambo, pero la devoción por el ritmo permanece, el twang de la guitarra reemplaza a la sección de metales, el pogo y el wrecking sustituyen a otros códigos de baile y la lógica sigue siendo reconocible: entrar a la pista para convertirse en personaje.
Hay un contrapunteo del vestuario, mientras el pachuco utilizaba el zoot suit holgado para multiplicar visualmente sus movimientos, el gothabilly puede entallar la silueta con cuero, encaje negro, leopard print, calaveras o elementos fetichistas.
Pero sobreviven ciertos objetos:
Los creepers.
Los zapatos bicolores.
Las cadenas.
Los pantalones de cintura alta.
Los pompadours.
La ropa como uniforme.
La música como exorcismo
El mambo provocaba un trance festivo a través del ritmo; el gothabilly utiliza el sonido twang, el contrabajo, la reverberación y las imágenes del horror de serie B para construir otro tipo de trance, surgen y a serie de transfiguración es correlacionadas porque la violencia cotidiana se convierte en espectáculo, el miedo se convierte en canción, la muerte se convierte en baile y el monstruo, una vez más, sale a divertirse.
Un fuerte punto conectivo que no se puede dejar de mencionar es la resistencia estética, el uso de la elegancia como escudo urbano, puesto que adoptar una estética disidente siempre ha tenido un costo social.
En los años 40, el pachuco fue convertido en símbolo de delincuencia y amenaza por sectores de la sociedad estadounidense. En plena época de guerra, incluso la cantidad de tela utilizada en el zoot suit llegó a convertirse en parte del debate público.
En 1943, los llamados Zoot Suit Riots mostraron hasta qué punto aquella estética podía ser percibida como una provocación, porque el problema nunca fue solamente la ropa, el problema real radicaba en el lugar, era quién tenía derecho a ocupar el espacio público, y podríamos decir que hoy la situación es diferente, pero la lógica de la mirada permanece.
Salir de noche con maquillaje blanco.
Vestir completamente de negro.
Usar un pompadour enorme.
Llevar creepers.
Vestirse de vampiro...
de cadáver...
de criatura de película.
Todo eso puede provocar todavía miradas y ese es justamente el punto de encuentro, ahí aparece una continuidad interesante.
Hay también un espectáculo de presencia
Salir a la calle con el tacuche perfecto exigía disciplina, desde un peinado que debía mantenerse, la ropa que debía imponerse, la presencia, que tenía que ser defendida.
Y esto mismo ocurre en muchas escenas góticas y gothabilly.
No se trata simplemente de ponerse ropa negra y ya, sino de construir:
Una silueta.
Una presencia.
Un personaje.
El barrio hemos de considerarlo como escenario porque, tanto la pachucada como las subculturas urbanas contemporáneas reapropian espacios, sea un salón de baile, la calle, un foro, un bar, un tianguis, el transporte público, la noche; ese espacio cotidiano deja de ser simplemente un lugar de tránsito y se convierte en escenario, en el hilo conductor... Y no, no es que ambas culturas sean idénticas, es algo más sencillo: ninguna quiere pasar desapercibida.
La elegancia, aún más en estos tiempos, se convierte en resistencia.
Luego, dentro del cine de oro y la carpa, nace la dramaturgia del monstruo popular.
Para terminar de entender esta genealogía imaginaria hay que mirar el escenario donde el pachuco aprendió a ser espectáculo: la carpa y el cine de barrio.
Antes de que el gothabilly hiciera del cine de terror de serie B donde nos interna en las historias de monstruos de la Universal, vampiros, extraterrestres, criaturas deformes, una parte fundamental de su imaginería, México ya tenía una tradición de mezclar comedia, horror, circo y espectáculo popular. Tin Tan es fundamental aquí, porque además de que popularizó el tacuche, construyó una gestualidad donde la elegancia podía convivir con lo grotesco, lo cómico y lo absurdo, mostrando que el cuerpo era parte del chiste, que el vestuario era parte del personaje y que la exageración era una herramienta.
Y esa teatralidad reaparece constantemente en las escenas oscuras.
Ahí es que damos el salto de la carpa al foro subterráneo, un salto en el que el artista de carpa tenía que hacerse ver, desde el rostro, el vestuario, la gesticulación, el movimiento... y todo debía llegar hasta la última fila.
El performer gothabilly hace algo parecido.
Antes incluso de tocar una nota, ya está contando una historia, con el maquillaje blanco, el trazo negro, el peinado, la postura, el traje, la mirada.
El personaje aparece antes que la canción.
El escalómetro de la criatura de la noche que vale la pena mencionar viene desde el cine mexicano, que, dicho sea de paso, no tuvo miedo de mezclar monstruos con cultura popular, pues vampiros, momias, luchadores, fantasmas y leyendas podían coexistir con salones de baile, barrios y comedia, ahí, la figura del pachuco podía caminar perfectamente, resaltando entre esos mundos.
Porque ambos —el pachuco y el monstruo— representaban algo que escapaba del orden cotidiano; por un lado la criatura no quería ser normal, el pachuco tampoco.
Pero hablemos del lenguaje secreto, del caló al código visual. Toda subcultura que nace en los márgenes necesita algún tipo de código, y en el caso del pachuco, él tenía el caló, es decir, una mezcla dinámica de español, inglés fronterizo, palabras de barrio y expresiones propias, un tipo de lenguaje que permitía tanto reconocerse como excluir al que no pertenecía.
En la cultura gótica y gothabilly, ese código dejó de ser exclusivamente oral, también se volvió visual, nace la contraseña de la tribu, con el parche de una banda, un determinado peinado, una cadena, una hebilla, unos creepers,un maquillaje, una camiseta, un tatuaje, una canción... todos pueden funcionar como una contraseña silenciosa que le dicen al desconocido: “Sé quién eres.” Pero que también le dice al miembro de la misma tribu: “Sé de dónde vienes.”
Es exactamente lo que hacen muchas subculturas, crean un idioma que no necesita traducción.
Por todo esto, no se puede dejar de lado la reapropiación del espacio urbano. El hecho de utilizar ese código en el metro, en la calle o en el camión también es reclamar territorio.
Entonces el pachuco imponía su presencia en las calles, y por su parte, el gótico contemporáneo hace algo parecido, no necesita pedir permiso para ocupar visualmente el espacio, y esa es quizá una de las formas más silenciosas de rebeldía, sin gritar, sin romper nada, simplemente aparecer.
Justamente por las calles del centro, encontramos a un aporte te figura: Bombom X-Men: el pachuco que no necesita ser gothabilly.
Aquí tenemos que hacer una pausa.
Porque hay una figura que, desde la perspectiva de Nación Gótica, merece ser mencionada precisamente por algo que podría parecer contradictorio: Bombom X-Men, Pachuco Comedia, no es gótico, es un payaso, y detrás de ese personaje existe formación escénica y experiencia en locución. Su trabajo pertenece a otra tradición: la del espectáculo popular, la comedia, el personaje y la comunicación directa con el público.
Por eso sería un error convertirlo artificialmente en parte de la escena gótica o decir que él hace gothabilly. Acá lo interesante es justamente otra cosa.
Bombom ha elegido recuperar el atuendo pachuco y llevarlo al terreno del payaso, sin recurrir necesariamente a la fórmula más fácil de la comedia basada en burlarse del público.
Traje negro a rayas (y de otros colores), sombrero, cadena, maquillaje blanco de payaso... una imagen que puede resultar cómica, teatral y al mismo tiempo desconcertante, un personaje parece salido de una fotografía imposible donde se encuentran la carpa, el barrio, el pachuco y el payaso.
Y ahí es donde, para nosotros, aparece su importancia, porque Bombom X-men es el payaso que decidió no repetir la fórmula, esa tradición del payaso popular que tiene una relación complicada con el público, una relación en la que el espectador puede convertirse en cómplice, pero también en objeto de la broma.
Desde la perspectiva de Nación Gótica, resulta especialmente interesante la decisión de construir un personaje que puede sostener el espectáculo sin necesitar convertir al público en objeto de burla, pues eso tiene un valor cultural enorme; porque conservar una tradición no significa repetirla mecánicamente, a veces significa tomar aquello que recibiste, quitarle lo que ya no quieres reproducir y encontrar una manera nueva de hacerlo vivir.
Eso es precisamente lo que resulta fascinante en Bombom, no está intentando ser goth, no está intentando convertirse en un personaje de horror y no necesita hacerlo porque su aportación está en recuperar una estética popular mexicana que corre el riesgo de convertirse solamente en nostalgia, con esa aportación, el pachuco deja de ser una fotografía vieja, vuelve a caminar, vuelve a hablar, vuelve a presentarse ante el público, vuelve a convertirse en personaje.
Y eso, para nuestra comunidad, resulta mucho más valioso que simplemente encontrar a alguien vestido de negro. Porque la cultura oscura no debería reducirse a copiar símbolos extranjeros, también debería ser capaz de reconocer cuándo una expresión popular mexicana está haciendo algo genuinamente creativo con su propia tradición.
Desde nuestra perspectiva, Bombom es uno de los últimos personajes dentro del universo de los payasos mexicanos que realmente están aportando algo propio a la cultura popular, en lugar de limitarse a reproducir fórmulas conocidas, él no necesita saber que existe el gothabilly para dialogar accidentalmente con su estética.
Y nosotros no necesitamos apropiarnos de su personaje para reconocer su valor, ese es justamente el punto, a veces las culturas se encuentran sin haberse puesto de acuerdo.
Es una cadena,el gothabilly mira hacia el pachuco, el pachuco reaparece en el payaso y el payaso, sin proponérselo, termina hablando con una escena que décadas después se viste de negro, no porque sean lo mismo, sino porque comparten una vieja obsesión mexicana: convertir el personaje en una forma de resistencia.
Pero, todo lo que se ha analizado no es con la intención de desentrañar una genealogía: es una conversación entre fantasmas.
Aquí está quizá la diferencia más importante entre una historia oficial y una historia de subcultura, porque no estamos diciendo que un pachuco de 1938 se haya sentado a escuchar a The Cramps y haya inventado el gothabilly antes de tiempo, porque eso sería una caricatura de la historia, tampoco estamos diciendo que Elvis haya copiado el tacuche, ni que el rockabilly haya nacido literalmente en una esquina mexicana de la frontera, lo que estamos diciendo es algo más extraño, existen imágenes que sobreviven a las generaciones, el joven que se pone un zoot suit demasiado grande para una sociedad que le exige desaparecer, el greaser que convierte el cabello en una torre de identidad, el punk que destruye deliberadamente la elegancia convencional, el goth que convierte el negro, la palidez y el cementerio en una declaración pública, el gothabilly que mezcla contrabajo, twang, horror y teatralidad; todos están haciendo algo parecido: convertir el cuerpo en territorio.
El pachuco no necesitaba explicar académicamente qué significaba su ropa, bastaba con aparecer... quizá eso sea precisamente lo que une al pachuco con el gothabilly mexicano, no necesariamente una línea genealógica perfectamente documentada, sino una manera de entender la apariencia como lenguaje, el traje exagerado dice: “Estoy aquí.” el maquillaje dice: “No voy a parecerme a ustedes.”, la cadena dice: “Tengo mi propio código.”, el negro dice: “No necesito tu permiso para ocupar la noche.”
Por eso la pregunta interesante no es: ¿El pachuco inventó el gothabilly? La pregunta es ¿Por qué cuando un mexicano se encuentra con esta estética reconoce algo que aparentemente viene de otra parte?
Y quizá la respuesta está en que nunca fue completamente extranjera, el gothabilly llegó con discos, películas, revistas, conciertos y posteriormente internet, pero llegó a un país que ya tenía sus propios monstruos, ya estaban las calaveras, ya estaba la Catrina, ya estaban los pachucos, ya estaba Tin Tan, ya estaba el Santo, ya estaba la carpa, ya estaba el cine de vampiros, ya estaba la fascinación mexicana por convertir a la muerte en personaje, disfrazarla, bailarla y sentarla a la mesa. Por eso el encuentro tenía sentido, no porque México hubiera inventado el gothabilly, sino porque México ya tenía un idioma cultural capaz de traducirlo, y eso produjo algo distinto, algo chilango, algo fronterizo, algo mexicano, porque las subculturas nunca viajan intactas, cuando viajan, cruzan fronteras y se deforman, se mezclan con el barrio, adoptan nuevas palabras, cambian los pasos de baile, cambian los peinados, cambian los monstruos y finalmente dejan de ser extranjeras, quizá eso sea el verdadero parentesco entre el pachuco y el gothabilly: ambos convierten la diferencia en espectáculo y cuando la sociedad te dice que deberías esconderte, ellos hacen exactamente lo contrario, se ponen el traje más grande, el maquillaje más blanco, el cabello más alto, los zapatos más ruidosos y salen a la calle a bailar.
Entonces, ¿el pachuco es el abuelo del gothabilly mexicano?
Históricamente, no podemos dibujar una línea recta y decir:
Pachuco → Rockabilly → Psychobilly → Gothabilly.
La realidad es mucho más caótica, hay blues, hay country, hay rhythm & blues, hay rock & roll, hay punk, hay garage, hay horror, hay cultura fronteriza, hay televisión, hay cine, hay carpas, hay baile, hay moda, hay apropiaciones y reapropiaciones, pero como metáfora cultural, la respuesta es mucho más interesante: sí. El pachuco es el abuelo imaginario, el antepasado que no necesariamente dejó canciones, pero sí dejó una actitud, la idea de que vestirse puede ser una forma de confrontación que la elegancia puede ser insolente, que el maquillaje puede convertir al marginado en monstruo, que el barrio también puede producir fantasmas y que la noche, lejos de ser el lugar donde desaparecemos, puede ser el escenario donde finalmente nos volvemos visibles. El pachuco no es el padre biológico del gothabilly, es algo más interesante: es su fantasma mexicano. Una historia que quizá no nos contaron porque queda mejor vender que todo lo oscuro viene de Londres, pero la oscuridad elegante tampoco empezó en México con el goth. Mucho antes, en las calles, salones y carpas de la frontera y las ciudades mexicanas, ya había jóvenes construyendo personajes con ropa, cabello, maquillaje, música y actitud.
Ya había monstruos elegantes, ya había muertos que bailaban, ya había hombres vestidos para desafiar la mirada de los demás, ya había una cultura que sabía convertir la muerte en espectáculo, quizá por eso el gothabilly encontró aquí un hogar, porque cuando llegó, la casa ya estaba embrujada. El pachuco dijo: “Me visto de muerte para que no me mates.” El gothabilly responde: “Me visto de muerte para recordarte que ya estás muerto.”
Es la misma resistencia, solo que con más delineador.
Para escuchar mientras lees:
- The Cramps — “Human Fly”
- Reverend Horton Heat — “Psychobilly Freakout”
- Alien Sex Fiend — “E.S.T.”
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¿Tu abuelo fue pachuco?
¿Conociste a alguien que todavía conservara el tacuche, el peinado o el caló?
¿Y qué rola gothabilly le pondrías?
Porque quizá la pregunta no sea si el pachuco y el gothabilly son familia, quizá ya lo sabíamos. Solo estábamos buscando la foto familiar.
Por: Kærën Mortem



