Pte. 2: El Fetichismo y la Armadura Corporal
La herencia de King's Road nos enseñó algo importante; que la indumentaria de castigo podía sacarse del dormitorio y transfigurarse en una declaración de principios en el asfalto.
Al entrar en las décadas de los 90 y los 2000, la denominada "utilería del dolor privado" de la que hablábamos además de consolidarse, también sufrió una mutación tecnológica y corporal definitiva porque valga, el cuero y las rejillas primigenias le abrieron paso al látex brillante, el vinil y el PVC. La carne se empezaba a blindar.
El fetiche visual en la escena contemporánea ya nose trataba de una invitación al acto sexual inmediato, es necesario esclarecer que en un punto el atuendo ha de transformarse en una armadura corporal. En un mundo que es sumamente hostil tiende a castigar la diferencia, el hecho de cubrirse con corsés rígidos, arneses que deliciosamente delimitan el torso o collares que emulan la restricciones, un tanto paradójico al tratar de un acto de soberana liberación, pero cabe mencionar que el cuerpo se vuelve un templo inalcanzable y como bien señalaba la teórica de la moda Valerie Steele al analizar el impacto del calzado y la indumentaria extrema:
"El fetiche no es el sustituto de un fin sexual; es la glorificación de un objeto que altera la percepción del cuerpo, otorgándole un poder y una presencia que la ropa ordinaria niega." (Steele, 1996)
Como blindaje estético se encuentra su banda sonora, perfecta cuando el Post-Punk más atmosférico se cruzó el umbral de la agresividad maquinal del Industrial y el EBM.
Por ejemplo, bandas como Nine Inch Nails llevaron el sadomasoquismo y la sumisión al ojo público; o el caso del video de Closer (1994), dirigido por Mark Romanek, se convirtió en un catálogo vivo de iconografía fetichista como las máscaras de cuero, mordazas, cuerpos suspendidos y una fijación absoluta por la textura de la carne bajo el yugo del metal. La sexualidad en la escena gótica se volvió más dura, mecánica y explícita, pero, cabe mencionar que mantuvo su núcleo intacto, es decir, el control absoluto sobre el propio placer y el propio dolor.
Con la llegada del nuevo milenio, la pista de baile del club oscuro se afianzó como un santuario libre de la mirada inquisidora de la "normalidad". Hoy en día, la adopción de arneses, chokers y elementos de restricción en el vestir cotidiano de la contracultura no la tomemos como una moda pasajera, quizá más acertado sea decir que se trata de una trinchera identitaria. Mientras que en estas fechas la sociedad de consumo, como es usual, masifica cuerpos homogéneos y dóciles, la estética gótica contemporánea se contrapone respondiendo y reclamando la carne a través de la modificación, la corsetería extrema y el fetiche democratizado.
La armadura corporal ha de verse como un escudo definitivo, como una superficie brillante e impenetrable que no hace más que proyectar una advertencia clara al espectador común, el clásico de las féminas del underground: se mira, pero no se toca. El poder ha vuelto a cambiar de manos, y la pasarela subterránea sigue demostrando que la verdadera transgresión consiste en ser los únicos dueños de nuestra propia imagen y de nuestros propios límites.
